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CAPÍTULO III.
DE LA Skldllk DE XlflYYÏxl) Pklïk EL l1,\.‘\Il’.\\lR\"l‘Ü DE [A PRINLZFIS.\. SAIHÏI, CON EL RFiÑlDt) UÓNIBATWÉ EÑFRE ALCHAMLÏEX Y LA
PRINUESA, LO?» PEREGRIÑOR IÑCÍDEÑFFIS DE SU l.’»_X'l‘AIilí.\ Y 'l‘I’tlUNl<‘O, Y (JÓMO VOLVILl VICXIÏORIOSO AL CAMPAMENTO DE SU PADRE.
Oido el irzizriiiztininntti del autor dc uiis dias, dispuse que se me presentase el mantlarlero, quien no tardo en estar en mi presencia; despues hice traer mi caballo generoso, ziquel que ¿tcostumbraba a servírme en mis viajes (noble bruto que no neccsihLLba comer ui beber en siete ilias izon sus noches), y mandando que me trajeseíi asimismo un czmiolli) de carga, acoínodo en el víveres y algunos objetos de valor.
(‘ion estas jirovisiones, viaje ilurante tres días, y al amanecer el cuarto, comencé a caminar por una comarca de (ionsiilerable extension, embellerczida con flores y verdura. Alli se ofrecio a mi vista un campamento con mil tien- das de blancos acícafes o techumbres, enfrente de las cuales descollaba elegante alcazar, cuyo blanco muro tiejaba atras la blancsura de la yialcima, con dar lugar su extraordinaria altura a sombras mayores que las produci- das por las nubes.
Contemplaiidr) estaba lo delicioso del sitio, admirado de su hermosura y amenidad, cuando abriéndose la puerta del ÍLlCEÏZELI‘ vi salir de el a un caballero, al cual seguían por la derecha mano cien jinetes, y otros tantos por la izquierda. Montaba el caballero una excelente yegua pia, docil y briosa.
Los que salieron de alcazai‘ se dirigieron inmediatamenxte a un yialenque o campo de liza, largo como de una milla, por otro tanto de ancho. y
Míranilo entonces hacia la parte en que estaban las mil tiendas, obseririï, que salia por aquel lado otro caballero montado sobre magnifico corcel negro, y al cual seguían cuatro mil jinetes, apuestos y gallardos. Esta comitiva ezncaminifa, como la anterior, al palenque descrito, donde comenzo a ejecutar evoluciones y escarceos.
A poco vi a un anciano, que apeandose de su cabalgadura se acerco primero a saludar al guerrero que montaba la yegua pia, y «despues al que cabalgaba sobre el troton negro, hecho lo cual comenzo entre los dos campeones batalla (lescomunal y espantable.
Prcgunttes a uno de los caballeros alli presentes: ——¿Quienes son esos dos laaladínces?
{csponrliomez-No son dos pztlfttllllOS, Slim una doncella y un guerrero.
—Decidme, ¿quien es la doncella i’
—El jinete de la yegua pia es la princesa Sade, hija de Tariq Alhiloli; en cuanto al segundo, que monta el caba- llo negro es el monarca Alchainuh.
Estando en estas preguntas y respuestas, oi un grito horroroso, y Volviendo 1a cabeza hacia el lugar de donde parecía salir el grito, ¿tLlVGFtÍ que la doncella daba un bote a Alchamuh con el asta de la lanza, hasta derribarle en tierra, con lo cual volo el turbante que llevaba aquel en la cabeza, poniendo al descubierto sus canas que comenzaban-ei atacarle la raiz de los cabellos. En seguida volvio la doncella la punta de la lanza, hasta colocarla debajo del brazo y con el cuento empezo a golpear la cabeza al vencido.
Al ver esto, sin poder contenerme, exclame:——¡Valga,me Dios y que muchacha! ¡Sera capaz de aplastar la mo- llera a un pítlíttlln tan ilustre lm-En seguida me (lirigi hacia ella y la dije:——¿l\7<) tienes madre, ni padre ?
Ella, me coi1t(ésto:—¿_()ii_ii5i1 eres tu para hacerme esa pregunta?
——Mí nombre, repuse, esta escrito en mi lanza y solo llega a saberlo el que es herido por ella.
Al «airme, prorrumpio en un horrible grito de guerra, con que intentó aturdirme; pero yo prorrumpí en otro siamejantt) contra la heroína (l), comenzando entre ¿’imbosïatarjue reñido y acometida furiosa, al punto de que al momento vinii2i'oí1 los lances de consideracion, cesando los escarceos galantes. Allí se mostraron las reglas del ¡irte y se elevo a grande altura la pericia de los ejercítados en batallas, multiplicandose las peripecias de las situa-
ciones (lÍflOllESI entonces reconoci, Oll miramamolin, que la princesa tenia un modo de combatir terrible.
(l) Desde aqui todo el parrafo, zt excepcion de la última, rlziusula, se halla escrito cn prosa rimada con cierto lujo de aparato retóríco, comun
en este linaje de (lGSCITlLNJÏOHCS.
HISTORIA. DE ZEYYÏAD BEN "ANIIR-GÜDICB} ARPLBIGO DEL ESCORIAL. 9
En tanto nos contemplaban los arabes, asombrados de ver la violencia del conibztte que yo sostenía con ella. Mírabannos los próceres de las tribus con los ojos fijos en nuestros movimientos, cuando me arroje sobre la heroína con un grito espantoso, y acometiendola con la lanza la derribo en tierra. Al caer voló el turbante y tocas que tenia puestas en la cabeza, con lo cual ccintemplé su fisonomía, persuadiéndome de que su talle era el hermoso pedestal de la luna llena de su rostro.
Apenas la hube mirado, comenzo a divagar mi pensamiento entre la memoria de mi mismo y el efecto que me producía su vista. Gon todo, bajé por mi mano el antifaz destinado a cubrir su semblante, y levantando el que velaba el mio, grite en voz alta: «Yo soy Zeyyad-ben-Amír el de Quínena».
Al decir esto ví a los arabes que se apeaban de sus cabalgaduras y adelantandose hacia donde yo estaba un ancia- no que habia con ellos, cuando estuvo cerca de mi me hablo estas razones:
——Hazme merced de echar pie a tierra, caballero; tuya es la princesa.
Respondilez-Buen viejo, ¿quién eres tú para hacerme oferta semejante‘?
Gontesto zmsoy su padre Tariq-ben-Amii‘ Alhíleli.
Entonces repliquéw-Entiendo que las hijas de los reyes se han de recibir con grandes solemnidades y previa la entrega de dote.
——«¿ Que más dote, dijo el anciano, que haberla tu vencido‘?
» —No, pardiez, es preciso que tu estipules cual debe ser, segun la calidad de la princesa.
—Fijala tu tu albedrío.
wPues bien, propongo cien «iamellas bermejas, cien bayas y cien de color blanco. Demas de esto, cien caballos descendientes de las yeguas del Profeta, cien onzas de oro purisimo e igual número de onzas de plata.
--Enhorabuena, pero baja del caballo y descansaras con nosotros.
—No en verdad, dije, no descansaro hasta que vuelva con lo estipulado y sea dueno legitimo de esa doncella.
En seguida di la vuelta al campamento _de mi padre, cuidando de poner en su conocimiento, en cuanto estuve proximo a el, la noticia del feliz éxito de mi aventura con la heroína batalladora. La alegria del anciano fue vehe- mentisima. Dio caballos a mis primos, para que me saliesen inmediatamente al encuentro, mando tocar atabales y tremolar banderas, y despues _vino en persona a recibirme.
Al verme, se apeo de su caballo, e imitandole yo en esto, eche pie a tierra; despues de lo cual me estrecho con- tra su crorazon y me beso entre los ojos.
Fuera de si con la alegrizifine regalo el oido con estas lisonjeras palabras: —«Bendiga Dios en ti al que ha tenido la dicha de engendrarte. l
Por mi parte exprese los deseos que mc animalntíi, en estos terminosz-Padre mio, concededme a la mayor brevedad posible que PUBLÏEL cumplir las estipulaciones que he concertado, con aunïiento de dos tantos más, sobre la cantidad señalada.
Otorgolo el anciano y mando que me acompanasen a llevar los presentes quinientos jinetes escogidos, entre mis deudos. ' i
YO 16s dljeï-f\gllïtl‘tlad un. momento para que yo vaya delante de todos, luego seguidme y ca¡11i11ap¿;¡1¡(,g ¿,51
hasta que entre en el territorio y estados de mi prometida.
CAPÍTULO A IV.
VUELTA DE ZEYYAD AL CAÍVIPiXMENTO na Los nexo-timing, sus Pnnaeuixgxoioniïs PARA ENCONTRAR ÁLA PRINCESA SADÉ Y sv
LLEGADA Á LOS JARDINES DE LA INFANTA LLANÍADA ((;\IP\.OUEPI..‘\ DE LA. HERMOSUBA»,
Caminamos tres dias hasta pisar tierra dc los Benu -Hil.el ; entonces (lije a mis deudos:——-Os jarecederiï, al propo— sito de mostrarme a los Benu-Hilel, ¡i fin de informarles de vuestra venida, para que se preparen a recibiras.
C011 efecto, me adelante hacia el pueblo zi dar la noticia; "pero no bien hube tendido las miradas por el campa-
mento, cuando lo halle destruido e dicendiado, y hasta cortada la arboleda del valle. Al advertir esta mudanza, 3