EDAD i\lEDlA.-— PALEOGBAFÏÁ LITERARIA.

CC) #\

dera de Malic-ben—Sinan, y tras esta la de Hilel-beii-Amir. seguían, por último, a estas banderas las pertene- cientes a las princesas, mostrando todas escrito: « No hay otra divinidad que Dios. Mahoma es su mensajero. Esta es la bandera de Fulaiio, hijo de Fulano.»

Cuando estuvieron cerca del alcazar se fijaron. tiendas y fueron, dispuestos pabellones de telas delicadas, para que descansasen los caballeros y las princesas.

Despues de haber otorgado algun tiempo al descanso, intentaron llegar a mi presencia, a la sazón‘ en que yo salia a su encuentro, y en cuanto hubieron entrado a verme, se prosteriiaroii en tierra delante de mi persona. -

‘Yo les dije:——Alzad las frentes, porque la adoración sólo es debida :i Dios único, que es el vencedor por exce- lencia, yo soy siervo de Dios humilde y el mas humilde de sus siervos. e

Despues mande a Zaidat-ox-Xachan que diese el zalam, ó saludo religioso a las princesas, y por mi parte las sa- ludeigualmente. A otro dia mande que se pusieseii tiendas de lino en el terreno que habia ¡’i la salida del alcazar, y cuando pasaron veinte dias mas, celebre festín de boda magnífico, con lo cual permanecieron las gentes comiendo y bebiendo otros veinte dias. Entonces, habiendo mandado a Zaidat-ox-xachan que se adornase con

sus aderezos, consume el matrimonio con ella., convenciendome de su virtud inmaculada.

CAPÍTULO XV.

MUERTE EXPRAORDINARIA DE LA PRINCESA zAIDAT-ox-XAGRAN. LLEGA ZEYYAD A LA TIENDA DE UN. JEQUE ESTRELLERO.

cAUTIvERio DEL PRÍNCIPE EN LA CIUDAD DE Los móLixTaAs, v CÓMO SE VIÓ EN DURO TRANCE DE MUERTE.

Sucedió que al mediar la noche de boda, extendiendo 1a mano hacia donde estaba mi esposa Zaidat-ox-Xaichïui, la halle sin cabeza. Al punto me levante del lecho, mande encender luz, y la vista del cuerpo de la princesa, separado de la cabeza que loanimaha, altere mi razon y tur-be mi entendimiento. Fuera de mi, hice venir a mi presencia a mis esclavos, y les dije:——¿ Por ventura era sólo vuestro cargo ocuparos en comer y beber?

En seguida mandé traer mi caballo, monte en el y salí del campamento y de los lugares, donde se hallaban los ejércitos. Salió conmigo el esclavo Quebraiita-piedras; y habríamos andado como espacio de milla y media, cuando vimos una tienda de pieles. Dirigime a ella pensando entre míw-Quiza encuentre en ella alguna noticia de lo que busco.

Voceó, pues, por mi órden el esclavo, expresandose en estos terminos:

»——Moradores de la tienda y dueños del collado, que se destaca en la. atmósfera, ¿concedeis asilo á dos cami- nantes extraviados por la oscuridad de la noche‘?

No habia concluido sus palabras, cuando se levantaron los cordeles de la tienda y salió. de su recinto un hombre de abultada cabeza y corpulento talle, anciano ó jeque, el cual, presentándonos comida, dijoe-Comed los dos, mis huespedes.

Por ini parte tome algun alimento; pero apenas habia llegado este al estómago, me sentí caer de bruces y dor- mirme, no despertando, guala, sino para encontrarme sujeto, con las manos atadas a la espalda y mi lado el esclavo.

Entonces se inclinó hacia ini el anciano, y dijo:

—Harto se que eres Zeyyad-ben-Ainir el de Quiiiena. Sabe que soy astrólogo ó estrellero, que un ano te estoy esperando en este sitio, maquinandi) contra ti, hasta que se me ha presentado ocasion de tenerte entre mis manos. Ahora te juro por la diosa Al-lat y por Al-ozá, así como todos los excelsos ídolos, y por el fuego y por el árbol colorado, que he de hacer contigo un ejemplar, que quede en proverbio entre las cabilas de los arabes.

En seguida se dirigió a buscar grillos, que me puso en los pies, como tambien al esclavo. Luego nos tendió ros- tro en tierra, sujetando a las espaldas de los dos, sendas piedras enormes. Asi’ permanecimos con el, ¡oh mirame- nioliii! diez dias, trayendonos cada noche un nuevo compañero. Cuando fuimos diez, mandó traer diez camellos, en los cuales montamos y llamando diez esclavos, para encargarles que nos custodiaran, les dijow-Juro a Al-lat

y Al-oza y a los excelsos ídolos, que, si no los guardais bien, os he de cortar los cuellos.

HISTORIA DE ZEYYAD BEN AMlRn-CÓDIGE ARÁBIGO DEL ESCORIAL. 35

Gaminamos de tal suerte, yendo delante el jeque, veinte dias. Al cabo de ellos una ciudad grande, á cuya proximidad se dejaba sentir el ruido tumultuoso de sus habitantes y el bullicio de los que eii ella moraban.

En cuanto fuimos vistos, salieron a contemplariios grandes y pequenos, mujeres y hombres, y al encontrarse con el viejo que nos conducía, le dijeron:

—Bendigante Al-lat y Al-ozá, entre los jeques.

Despues nos rodearon las gentes, derecha e iiquierda, hasta. que nos hicieron entrar en la ciudad.

Habiendo llegado al alcázar, nos hicieron apear de los camellos y nos introdujeron en un salon, donde habia sentado en un trono un caballero jóven, tan hermoso como un pedazo de luna,

Luegoque nos vió el rey, alegróse, y con la sonrisa en los labios, dijozw-¿Dónde esta entre vosotros Zeyyad- ben-Amir, el de Quinena?

Respondióle el jequez-Este esa-Despues de lo cual le fue dando a conocer a mis compañeros, uno atras otro.

En conclusion; mandó el príncipe a sus satélites, que nos condujeran a un Calabozo y nos tuvieran en vida estre- chísima.

Hicieronnos entrar,‘ ¡oh iniramamolin! en un calabozo oscuro, donde no se distinguia la noche del dia, ni la ma- nana de la tarde. Permanecimos eii tal estado tres meses, pero un dia oímos mucho ruido y preguntando á mis compañeros el motivo de tal circunstancia, ninguno me dió explicacion satisfactoria.

Mientras yo les hablaba, vimos abrirse el calabozo, entrando adonde estábamos doce esc1avos Vestidos de hier- ro, los cuales nos tomaron sobre sus espaldas, a las puertas del calabozo, y caminaron con nuestros cuerpos enci- ma, hasta que salimos por una puerta de la ciudad. Vimos allí mucha gente y cuatro cuerpos puestos en picotas. Me hicieron bajar delantt} de un madero, y vino el rey, señor de la ciudad, seguido de un ejercito que pasaba de cincuenta mil jinetes, entre los cuales no habia ninguno que conociese al Dios verdadero.

Mandó venir a diez esclavos, que tenian en sus nïiaiios sendos alfanges de la India, y les (lijoz-Datl mui-arte cada uno de vosotros a uno de estos diez.

Despues, volviéndose adonde yo estaba, nie habló asin-Aquí tienes, Zeyyarl, a tus mujeres, colocadas sobre esos maderos. Esta es Rafidato-l-cliamel, esta Sade, esta Alcliahia y esta cs la vieja, á. quien encargaste que hiciera tus veces en el alcázar. Ahora vas a morir y no quedará. de ti huella en el mundo.

Al escucharle, exclame 1-» Enemigo de Dios, ¿puede morir alguno sin la voluntad del 0mnipotente?--Y me puse á recitar unos versos que dicen de esta manera:

Á ijuieii iio mala la espada Mata el azar dela suerte; La causa iio importa. nada,

En Sllfllfli OS la Iïllsfllfl IÏIHGPLG.

Adela-TÚOSB hac“? m1 0011 UU cuchillo de grandes dimensiones, y me dijo con ademan colericoz-Voy a darte-

muerte por mi propia mano.

CAPÍTULO XVI.

DE COMO FUÉ LiBRADo DE LA MUERTE ZEYYAD PoR LA DAMA GENIO v POR sU HIJO *--CONQUISTA DE LA ¿[UMD DE Los

MAGOS Y sU GONVERSION A LA RELIGION MAHOMETANA.

Estaba el príncipe con el ciicliill.o levantado, cuando sentimos ruido de corceles que poblaban los espacios y el aire, los cuales descendieron hasta el sitio donde nos liallabamos; distinguiendose entre sus jinetes uno, a quien la longitud de la banda de la espada, dejaba arrastrar el correaje por el suelo. Dirigióse aquel caballero al monarca y ilandole un tajo con su montante l.e separó la cabeza del cuerpo.

Rescue.‘ ' v ' . ..

Ion gritos entre sus vasallos, en tanto vimos descendei de las nubes, como formado escuadron de gentes [ieregrinas y ¿l un nino pequeño, que llevaba sendos pendientes en sus orejas, labrados en forma de cintos 9L cubiertos con al"f = « ' ' - , , . , . . .

jo aies, montado sobie un corcel y asistido de dos pajes. Aceicose a nii y e} ¡msnm me ¿parto